La enseñanza desde otro punto de vista: Maestra-Isla.

La enseñanza desde otro punto de vista: Maestra-Isla.

Conocemos la enseñanza que se dan en los centros donde van nuestro hijos, pero pocas veces sabemos lo que opinan los profesores al respecto. Es interesante y enriquecedor dejarnos llevar por otros puntos de vista, pensando por una vez en el niño/a y no en la temática diaria a seguir.

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Tiempo de lectura: 9 minutos

En primer lugar, quiero dar las gracias a la persona que ha hecho posible hoy este post, pues sin él, creo que nunca hubiera descubierto un punto de vista muy diferente al que vemos hoy en día en la enseñanza. Me parece algo enriquecedor, en los que invertir unos minutos de tu tiempo leyéndolo, pues veríamos que los profesores, no son solo personas que van al colegio, abren un libro y durante toda la jornada se dedican a seguirlo y dictar ejercicios. Hay muchos de ellos motivados y con ganas de enseñar de otra manera muy diferente a la establecida.

Aquí os dejo una parte de historia de un profesor, una persona y por su puesto un gran maestro-isla:

Me gustaría hablaros de una maestra que conozco. Estuvo en mi colegio hasta el curso pasado. Ella es una maestra-isla. Algunos compañeros y compañeras tenemos ese término inventado para este tipo de docentes. Las maestras-isla son aquellas que destacan enseguida del resto, que son evidentemente distintas, siempre para mejor. Son innovadoras, aman su trabajo, se lo creen y lo viven las 24 horas. Pero igual que causan admiración porque brillan como faros en la oscuridad, acaban siendo bichos raros en el claustro de profesores. Pocos o nadie suele sumarse a sus ideas, y por ello acaban yendo por su cuenta, solas, brillantes y geniales, pero al margen. Todos los maestros tienen capacidad para serlo, pero muy pocos tienen esa visión de la docencia. Conozco muy buenas maestras, de hecho la inmensa mayoría de mis compañeras hacen bien su trabajo, pero pocas tienen ese plus, esa chispa. Las maestras-isla viven la educación, no solo trabajan de eso. Se forman, leen, preguntan, van a otros centros a conocer ideas nuevas, reflexionan sobre su papel y quisieran cambiar el sistema educativo casi en su totalidad.

Lo realmente importante, sin embargo, es la forma en que ven a los niños. Los ven y los tratan como personas capaces de pensar y decidir. Los niños y las niñas no son tontos, ni necesitan que les digamos todo lo que deben hacer. Si les das la oportunidad acabarán trabajando solos, por su cuenta, acabarán regulando su conducta, conociendo y controlando sus emociones, conviviendo en armonía y tomando sus propias decisiones. Se dice fácil, pero no les solemos tratar así. Les decimos que hagan la fila, como si no fueran capaces de desplazarse como gusten de forma ordenada, les pedimos que se callen en vez de pedirles que nos digan lo que piensan, les pedimos que atiendan en clase varias horas seguidas, cuando ni los adultos podríamos estar concentrados tanto tiempo sin distraernos, les tenemos sentados horas sin hacer otra cosa, cuando el cuerpo les pide moverse, les pedimos que abran el libro y el libro manda desde ese instante; el libro dice lo que hay que aprender, a qué ritmo, los ejercicios que hay que llevar a casa… Educación de calidad quizá, pero igualita que la que recibí yo mismo hace 40 años.

Aquella maestra-isla llegó a mi cole y cogió un quinto de Primaria. Era una clase conflictiva con casos conductuales difíciles. Ella decidió invertir varios meses en cosas que no venían en los libros. Pidió a las familias paciencia, porque los resultados se verían más adelante.

Yo trabajaba en el mismo centro, pero como sabéis, o no sé si lo sabéis, los maestros no vemos cómo trabajan el resto de compañeros y compañeras. Nos encerramos en nuestra clase y allí hacemos lo que podemos, lo que vivimos cuando éramos niños con las maestras que tuvimos, lo que hemos visto en otros, pincelada aquí y allá. Lo de la carrera sirve allí de poco o nada, y ni siquiera tenemos la referencia de los compañeros. Podemos estar años y años en el mismo colegio y jamás hemos visto como da las clases ninguno de ellos. Estoy convencido de que aprenderíamos mucho.

Entré a su clase por primera vez en su segundo año con aquel grupo, cuando sus alumnos y alumnas ya estaban en sexto. Entré un día por casualidad a decirle algo, me quedé un instante y enseguida supe que aquello no iba a volver a encontrármelo de nuevo hasta el día en que me jubile. Tan alucinante  era lo que vi que desde ese momento cada vez que tenía un ratito libre iba allí a estar con ellos y ver cómo funcionaban aquellos chavales, con la sensación de que era una experiencia que recordaría toda la vida. Era la escuela que yo quiero, la que debería ser siempre, la que nunca pensé que conocería. Eso es lo que quiero contaros, cómo era aquella clase.

El alumnado, a propuesta de la maestra, había elegido democráticamente algunas pautas de conducta personal que habían decidido aplicar cada día. Tenían varios niveles progresivos. El primero y más básico tenía como objetivo la convivencia con otros. El segundo buscaba el esfuerzo personal. El tercero tenía como objetivo la autogestión de las propias emociones y el último y más complejo era la empatía. Empezaron por el primero y conforme progresaban como grupo iban pasando a los siguientes, así durante dos años. Cada día, al llegar a clase, recordaban entre todos esas pautas, como objetivos fundamentales de la jornada. Era lo más importante, mucho más que lengua o sociales. Un encargado cada día era el moderador. El resto pedían la palabra y hablaban, recordando los niveles y poniendo ejemplos: “Primer nivel: leer en voz baja para no molestar a quienes tengo al lado”, “segundo nivel: tener la mochila ordenada para encontrar los materiales rápidamente”, y así durante varios minutos.

Después comenzaban el trabajo de clase. Lo primero era corregir los deberes, si los había. El encargado pasaba por las mesas y todos le enseñaban los deberes. Si alguno no los había hecho lo hablaban entre todos. A veces había una buena razón, como que el día anterior había habido una fiesta de cumpleaños que no se quería perder. Otras veces no había gestionado su tiempo correctamente y se le había hecho tarde. El grupo y el afectado decidían si esos deberes se tenían que recuperar en la hora del patio o lo disculpaban.

Después de los deberes, el encargado decía que tocaba trabajar matemáticas, concretamente las páginas 127 y 128 del libro. Primero leía cada uno por su cuenta. Después lo comentaban entre todos. Pedían la palabra y explicaban en voz alta lo que habían entendido, lo que consideraban más importante, buscaban ejemplos, alguno decía que no había entendido alguna cosa y otros compañeros se lo explicaban, discutían y llegaban a algunas conclusiones. Una vez debatido el tema, el encargado preguntaba si estaba claro y aprendido, si era necesario hacer algunos ejercicios para consolidarlo o podían pasar a leer las páginas siguientes. A veces decidían hacer algún ejercicio. Ellos mismos decidían cuantos y cuales hacer, si se hacían en clase o en casa, si los hacían oralmente entre todos o cada uno en su libreta. Mientras, la maestra observaba callada. Solo intervenía cuando los chavales tenían alguna duda.

En los exámenes nadie copiaba. No había necesidad de vigilarles. La maestra podía salir tranquilamente en medio de un examen y dejarles solos. No iban a copiar. La nota final se basaba en la coincidencia entre la opinión de la maestra y la del alumno. Ellos se autoevaluaban. Si la maestra estaba de acuerdo con la nota que se ponía el propio alumno, esa sería la calificación final. Si no estaba conforme, lo hablaban y llegaban a un acuerdo. El examen solo servía para comprobar su progreso y advertirles sobre donde incidir, les mostraba donde debían esforzarse más.

Cada vez que iban a iniciar un nuevo tema se lo miraban el día anterior en casa. Al día siguiente en clase debatían la forma de trabajarlo. Había distintas propuestas: ir al pueblo a la biblioteca a investigar, hacer entrevistas para buscar información, hacer un trabajo individual o en grupo y luego ir a las clases de primero de Primaria a exponerlos, seguir el libro o buscar en internet, hacer un mural entre todos… Ellos lo decidían. Nadie más. Una vez sabían cómo querían trabajar el tema, la maestra estaba allí para gestionarlo todo y ayudarles.

Al final de cada jornada se reunían en un círculo para hacer la asamblea. Cada uno contaba lo que más le había gustado de ese día, lo que menos, cuando se había sentido mal y cuando bien, cuando alguien había hecho algo que le había afectado, felicitaban a alguna compañera por haberse esforzado mucho en la clase de educación física, recordaban un momento de risas en el patio, proponían mejoras o actividades nuevas… No se buscaba resolver conflictos, sino verbalizar los sentimientos. Después autoevaluaban su nivel de cumplimiento de las pautas ese día y lo hablaban, qué habían hecho bien y qué podían mejorar en lo personal.

La clase mejoró su rendimiento y sus calificaciones de forma evidente. Algunos casos concretos de alumno/as con dificultades académicas se pusieron al nivel de sus compañeros. Eran alumnos de esos que repiten varios cursos, que suelen ser los últimos de la clase. Allí eran como el resto, no destacaban. Aquello, solo había que verlo, era un bloque, no un montón de individualidades. Cuando unas cuantas personas dedican horas y horas a decir cómo se sienten, lo que piensan, cómo les afectan las cosas, resuelven los conflictos hablando… ahí se crea un grupo más sólido que una roca. Aquellos eran los mejores amigos, todos juntos trabajando por un objetivo común. Se ayudaban unos a otros a cada instante. No había competencia en absoluto. Al contrario, el éxito del grupo era el éxito de cada uno. Objetivos comunes, éxitos comunes.

Para llegar a ese punto la maestra-isla había invertido mucho tiempo y esfuerzo en fomentar el diálogo. Hablaban mucho. De todo. Si había habido un conflicto se paraban las matemáticas y se hablaba. Los afectados expresaban cómo se sentían y el resto opinaban. Entre todos buscaban una solución que pudiera satisfacer a ambas partes sin que ninguna de ellas saliera malparada. Las matemáticas son importantes, pero las personas aun más, y en 5 horas de clase al día hay tiempo para lo uno y para lo otro.

Aquella maestra lo llamaba “proyecto de responsabilidad”. Buscaba que cada niño o niña llegue a comprender que sus decisiones son suyas y que lo que hace, piensa, lo que pasa en su vida, depende de sí mismo y de nadie más. Si hay un conflicto y pegas a otro no es porque el otro te ha dicho esto o porque te ha hecho lo otro. Elegiste tú pegarle, y podrías haber elegido otra forma de resolverlo. Si sacas malas notas no es porque el profe te tiene manía. Podrías gestionar tu tiempo y tu esfuerzo de un modo que fuera más eficiente para tu propio beneficio. Si alguien te hace sentir mal y se lo dices le das la opción de que entienda las consecuencias de su acto y modifique su actitud, pero si callas nada cambiará. Lo que hagas y lo que decidas marcará tu vida y lo que te suceda. Y como vivimos en grupo, lo que hagas y digas también afectará a los que tienes a tu alrededor, y debes ser consciente del efecto que puedes tener en ellos.

Por eso inculcó en el alumnado la importancia de las pautas de conducta: actitudes que nos ayudan a convivir mejor y a sacar lo mejor de nosotros mismos. Y lo más importante, como miembro del grupo, la maestra también acataba las pautas y las cumplía como una más. Ella tenía un poder que no tenían los alumnos y lo usaba en beneficio del grupo. Ella era la que podía hablar con la directora para que el grupo pudiera salir del centro e ir a la biblioteca, ella es la que podía conseguir que viniera alguien a clase a hablarles de algo que les interesara, la que les ayudaba, resolvía dudas, mediaba en los conflictos, les guiaba y les lideraba. Y la maestra, ya que en clase habían decidido hablar de todo lo que les sucediera y decir lo que sentían y pensaban, debía estar preparada para que los chavales le dijeran que a veces se aburrían, que ponía demasiados deberes, que les molestaba cuando ella daba golpes en la pizarra y levantaba la voz o les pedía que se callaran, o que lo que aprendían estudiando para un examen lo olvidaban rápidamente. Y no solo debía estar dispuesta a escucharlo, sino a cambiar, adaptarse a ellos y hacer su trabajo en favor del grupo. ¿Cuántos maestros y maestras están dispuestos a hacer ese cambio personal?

Esa maestra ya no está en mi colegio. Se fue como una isla y no volverá. Al principio deslumbró. Después se convirtió en el ejemplo que nos deja mal al resto. Y eso no gusta. Cuando se hartó de sentirse sola decidió marchar. Ahora está en otra escuela, imagino que siendo otra isla.

Me río cuando anuncian una nueva ley de educación, o proyectos o planes de mejora. Nada de eso va a dar en el clavo. Se trata de un cambio personal del profesorado. Es la manera en que lo vemos. Podemos hacer bien el trabajo, la mayoría lo hacen, pero no lo ven con los ojos adecuados. Hay que dejar de mirarlos como niños. Hay que dejar de pensar que deben ser dóciles, que quieren copiar en los exámenes, que no hacen los deberes porque son vagos, que no tienen nada que decir, que si hablan en clase molestan, que no son capaces de decidir lo que quieren y cómo lograrlo, que son maleducados o movidos. Puede que lo sean, pero es porque no les mostramos otra manera de ser y relacionarse.

Son personas, como los adultos, y pueden aprender a convivir, a gestionar sus emociones e ideas, a organizarse, a ser más eficaces, a tratar mejor a los demás, a tener una imagen de sí mismo más ajustada a la realidad, a tomar sus propias decisiones, a no dejarse llevar por la corriente, a cuestionarlo todo, a decidir sobre su vida…

Solo hemos de guiarles en el camino.

El problema es que no nos hemos dado cuenta de cuál es el verdadero camino.

Fdo. Mestro Isla en Proyecto.